lunes, 31 de agosto de 2009

FABRICA DE TEJAS

Los comienzos

Esta historia comienza en 1956, hace cincuenta y tres años, dice Petra Román, cuando su marido David Muñoz emprende una nueva etapa de su vida com
o tejero en Reinoso, ya que en Antigüedad, de donde proceden ambos, la arcilla indispensable para su labor artesanal ya venía escaseando. David, padre de familia y el mayor de los hermanos, encargado pues de los asuntos familiares, debía acudir a la ciudad de Palencia de cuando en vez, y como quiera que la carretera serpenteaba por la falda de la montaña llamada Santa Lucía, y que su mirada corría en busca del elemento base de las tejas, quiso fijarse en la topografía del paraje, en la tierra de vivo color y naturaleza valiosa que constituye la ladera de Santa Lucía, y decidió, no sin largas reflexiones, establecer aquí su alfar.

Si nos remontamos a los verdaderos inicios habría que buscarlos mucho antes, en una temprana orfandad que forzó al señor David, siendo todavía un niño, a ser aprendiz del afanoso oficio de hacedor de tejas. Trabajar y aprender, inseparables para cualquier profesión, se hacen aún más relevantes en las labores manuales donde todo el proceso está en manos, en sentido figurado y real, del artesano. De modo que cuando se establece en Reinoso, ya de por vida, este hombre tiene en su haber la maestría que da la larga experiencia, y como tal es admirado y respetado por sus vecinos y sus clientes.

La fabricación

Estamos ante lo que se llama una cantera a cielo abierto de arcilla de la que se recoge el material con pico y pala. Para hacer la extracción se aprovechan las estaciones de otoño e invierno, de octubre a marzo, ya que el clima frío y húmedo de esta época del año impedía el secado de las tejas previo a la cocción, el cortar tejas. Aunque la veta es de gran pureza hay también que cribar y separar las piedrecillas. Con la labor de un molino se eliminan los tabones. Después se transporta la tierra a una pila con agua (a veces se denomina lagar), se coloca en finas capas esperando que empape, se añade agua y otra vez tierra, sucesivamente. En el reblandecimiento se tarda un día entero con el fin de obtener una mezcla homogénea que luego habrá que trabajarse mediante el amasado, igual que los panaderos cuando preparan la masa del pan. Esta fase va a ser decisiva para la calidad de las tejas, sacando las posibles burbujas de aire de la masa.


Después se procede al moldeo. Sobre los moldes rectangulares de madera (galletera) se va poniendo la masa, se pasa un enrasador y mediante un caballete se recortan los bordes, en seguida se traslada al galápago, que es un molde de madera con la superficie curva, propia de la forma que adquirirá la teja. Es de suponer que si se quiere sellar con el nombre de la fábrica Santa Lucía este sería el mejor momento de hacerlo, como ocurriera durante varios años en que las tejas quedaron así firmadas.
También alrededor de un día ocupa el tiempo de la desecación, que se realiza en el exterior, allí se desmoldan y colocan con cuidado en jaulas protegiéndolas de la lluvia que las echaría a perder. Si las tejas no se secan bien necesitarán más tiempo de cocción. En un solo día pueden llegar a hacerse hasta dos mil unidades.


Cuando el almacén cuenta con la suficiente cantidad, de diez a doce mil tejas, es el momento de “encañar”, es decir, llenar el horno de teja cruda para cocerla. El momento de la cocción o cochura es el que precisa de toda la pericia del artesano, donde se pone en juego todo su arte, donde existe el riesgo de que todo el trabajo se vea frustrado por un descuido. Es, además, el que requiere mayor esfuerzo físico, el más arduo: el horno al rojo vivo, altísimas temperaturas y arrimar sin descanso la paja o el carbón…, todo durante tres días con sus tres noches, haciendo turnos entre los operarios. La señora Petra recuerda que la paja para enrojar al principio la acarreaba Severiano en el carro desde Villaviudas , y más tarde Clavero el carbón, y que en esta tejera contaron con al menos siete u ocho personas a la vez, tanto de Reinoso como de otros pueblos: Eusebio, Eufrasio, Eloy, Pedro, Andrés, José Luis, Alejandro…, son algunos de los que trabajaron.

El horno, que es de los denominados árabes, consta de dos cámaras, una de combustión (fogón) en la parte inferior y la otra de cocción en la superior. Es cilíndrico y mide ocho metros. Antes del encañado hay que tapar los agujeros que separan ambas cámaras con piedras calizas, de ellas, una vez se han quemado, se saca la cal que se aprovechaba o vendía. Encima una fila de ladrillos y sobre éstos van ya bien trabadas las tejas, unas sobre otras, hasta diez alturas, intercambiando la dirección en cada piso, una operación delicada donde de nuevo se refleja la destreza del maestro, ya que una mala disposición podría obstruir el tiro. Esta fase culmina con el cierre del horno con tierra para dar paso a la cocción, que al inicio será más suave y luego se va avivando hasta transcurrir esos tres trabajosos días.


La clientela
Hornillos, Villanubla, Quintana, Olmedillo de Roa, los Salineros de Aranda…, son algunos de los destinos a los que se envían las tejas de la fábrica Santa Lucía, otros incluso fuera de la región, y a buen seguro que todos los usuarios hubieron de estar bien guarecidos bajo los tejados de sus edificios y que tal vez aún lo estén, porque aunque ya se jubiló el señor David allá por 1976, momento en que cerró la fábrica, y que murió hace diez años, su obra: sus tejas, lejos de ser objetos de usar y tirar, tan en boga en nuestra época, a buen seguro han perdurado a lo largo del tiempo, pudiendo ser espectadoras del declive de esta pequeña industria tradicional y artesanal, por lo cual queremos desde estas líneas rendirles a ellas, a sus autores, un modesto homenaje.


Diversas operaciones en el fabricación de tejas ("Oficios de ayer" de John Seymour).
























Fdo. María Ángeles Montoya Ayuso

















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